Música

Once y diez de la noche. Hace apenas un cuarto de hora que he llegado a Madrid. Otra vez. Estoy en el metro, qué raro. Huele a metro otra vez, pero no a metro en hora punta. No hay casi ruido. Todo el mundo parece respetar el acuerdo: todos en silencio. Es tarde. Es domingo. Mañana lunes. Qué calamidad.

Vamos casi quince personas en el vagón. A mi lado, una pareja. Luego descubriré que son de Santo Domingo. Justo enfrente hay un chico comiendo una bolsa gigante de Jumpers. Me suenan las tripas. Aún no he cenado. A su lado está una mujer con trenzas. Está mirando el techo, como si no perteneciera a este lugar. A veces sonríe. El resto del vagón sigue en silencio: la mayoría jugando con su móvil.

Y entonces, aparece.

Es un joven brasileño. Lo sé porque poco después se lo va a preguntar la pareja que tengo a mi lado. Entra interpretando la banda sonora de Juego de Tronos. Apenas la mitad del vagón levanta la vista. A los treinta segundos cambia de canción. Mozart, David Guetta, nos va a deleitar con lo más variado de su repertorio.

Con David Guetta casi todos levantan por fin la vista de esos cachivaches infernales. Incluso la chica de las trenzas vuelve a la tierra y empieza susurrar la letra. Se le van los pies, sonríe, me sonríe, mueve los hombros, la música le lleva. Me contagia. Sonrío, empiezo a tararear la canción.

Pero el joven brasileño no da tregua. Vuelve a cambiar de canción. Nos pregunta si queremos algún tema en especial. Y a la segunda parada, no se baja. Sigue con nosotros. Ya le hemos dado dinero casi todos los del vagón. Pero no quiere dejarnos ahí. Disfruta con la música, con su música, con su viola. Porque es una viola nos explica mientras acaricia su instrumento. La chica de las trenzas se baja en la siguiente parada pero antes le da las gracias. Tiene esa chispa de alegría en su mirada que es imposible de fingir.

Incluso el chico del abrigo negro con cascos blancos y Iphone ha dejado su aparato y le sonríe. El joven brasileño sigue preguntando a todo el que entra si quiere pedir un tema. Mientras tanto, va andando por el vagón. Ahora en un extremo, ahora en el otro. No para. Tampoco nosotros. Ha conseguido que la mitad del vagón tenga una sonrisa en los ojos. Cosa difícil de conseguir un domingo a las once y veinte de la noche en un vagón cualquiera del metro de Madrid.

Aunque ya nos ha dicho dos veces que es su última canción, han pasado ya tres paradas de metro y sigue tocando. No puede parar. Es pura emoción, pura alegría. Ya he perdido la cuenta de los fragmentos de canción que ha interpretado. Justo una parada antes de bajarme, el joven brasileño nos desea una feliz semana a todos. Y se va.

El vagón se queda vacío, pero no hay apenas asientos libres. Ni siquiera el chico del abrigo negro con casos blancos vuelve a mirar el móvil. Se queda pensando. Ay, pequeñas sorpresas que te da la vida. Ay, es mi parada. Hasta la próxima.

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