Alegría

Suele llevar un abrigo rojo que me encanta. Parece que le describe. Es pura alegría. Suele corretear por el despacho llevando recados, pasando llamadas. Y siempre, siempre sonríe. Tiene una mirada limpia, como la de esas personas que te llevarías al fin del mundo.

Cuando tiene un mal día, se le nota en la cara. Pero solo a veces, y hay que fijarse mucho porque siempre lleva la sonrisa puesta. Disimula tan bien que casi, casi, engaña a todo el mundo. Y ella sigue sonriendo, cansada: “Ay hija, si es que no paro”.

Por las mañanas esconde dos tazas de café para sus jefes. Se sabe las horas a las que les gusta tomarlo, la cantidad de sacarina exacta y el minutado del microondas. Y aunque los esconde porque si no se acaba el café, siempre nos susurra, como a escondidas: “Niñas, si necesitáis café, ya sabéis donde está”. Algunos días, cuando cree que nadie le ve, trae galletitas escondidas para sus chicas. Porque ella les quiere mucho. Y a veces también toca ronda de besos: “¡Ay como quiero yo a mis niñas!”.

Tiene cincuenta años aproximadamente y un abrigo rojo que me encanta. En la cara siempre lleva un poco de sonrisa y otro poco de cansancio. Cuando llego por la mañana ella ya está allí: siempre está allí.

¡Ay el día que te ve pasar con cara triste!

Es como la mamá del despacho. Te escucha paciente, te da consejos. Y al final, te das cuenta de que toda tu tristeza se ha ido. Pero la suya, no. Ella tiene un puntito de tristeza en sus ojos que no sabes cómo aliviar. “A mi también hay días que me gustaría coger la puerta y no volver”, me ha dicho alguna vez, en voz baja. Aunque enseguida se recompone, sonríe y dice: “Chica, que no pasa nada, mañana será otro día, y cada día es distinto”.  Y te abraza, porque los abrazos todo lo curan. Y los suyos son capaces de alegrarte incluso esos días en los que solo quieres irte a casa y llorar.

Tiene cincuenta años aproximadamente y un abrigo rojo que me encanta. En la cara siempre lleva un poco de sonrisa y otro poco de cansancio. Y alrededor de los ojos tiene unas arruguitas muy graciosas que se convierten en finas líneas cuando se ríe. Pero en sus ojos, azules, tiene un puntito de tristeza que no se va. ¿Qué te pasa?

Tardo un poco en averiguar qué le ocurre. Y se me parte el alma en dos. Confiesa que se siente sola aunque está rodeada de gente. También me confiesa que no entiende por qué la gente se queja tanto… “¡Si siempre hay alguien peor!”, repite una y otra vez. Y a los diez segundos, aparece. Debajo de esos ojillos rodeados de arruguillas y esa nariz tan graciosa, aparece. Otra vez. Ahí está. Su sonrisa.

A la hora de marcharnos casi siempre coincidimos. Le veo agarrar su bolso, su abrigo rojo que me encanta y su pañuelo. Ah, y el cigarro. Eso que no falte. Hoy parece más contenta. Ha sido un día un poco más bonito. Y me conforta. Si ella puede estar bien, todos podemos estar bien.

Se ha ido corriendo porque el semáforo se ha puesto en verde. “¡Hasta mañana, guapa!”, me grita, y se lleva su tristeza escondida de alegría a otra parte. Pero siempre, siempre, sonriendo.

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