Adivinanzas de Carril

Era un hombre de mediana altura, pelo canoso y mascarilla higiénica azul. En este momento de nuestras vidas las mascarillas son casi un rasgo más de personalidad. La distancia y las gafas que llevaba no me permitieron ver el color de sus ojos -tampoco el calor-, solo intuí que sonreía con ellos por las arrugas que se le formaban en el poco espacio que dejaba al aire la mascarilla.

Digamos que se llamaba Francisco o Santiago. Venga, Santiago por lo cerca que estábamos de la capital gallega, o por el precioso pueblo de Santiago de Carril y por lo especial de la cena de aquella noche.

Santiago -Santi para nosotros a partir de ahora, es camarero en un restaurante pequeño de Santiago de Carril, de la Loliña. Según ha podido demostrar la Universidad de Sancomamos, tienen los mejores mejillones del universo y un vino blanco que -dicen, me cuentan por el pinganillo- te quita el sentido y te produce un pelín de resaca.

Pero volvamos con Santi.

Aquella noche no tenían el restaurante lleno, y a esa hora, todavía faltaban algunas mesas por llegar. En la mesa de al lado había una niña y un niño, parecían hermanos. Estaban acompañados por los que creímos que eran sus abuelos.

El niño, más pequeño, no tendría más de seis años, y su hermana, un par más como mucho. Él tenía una carita graciosa, de travieso; y ella parecía un poco más tímida.

Mientras los demás elegíamos plato, Santi se les acercó. Chicos, atentos, adivinanza. La princesa tiene que entrar al castillo, que tiene tres puertas. Una la defienden dos hombres muy altos con una espada en cada mano. La segunda la custodian dos leones muertos de hambre preparados para tirarse encima de la primera comida que vean. La tercera es un dragón echando fuego. ¿Por qué puerta tiene que entrar la princesa?

Santi se marcha y aquí el del sofá gris y yo dándole a la neurona y al vino para engrasar. Y negociando en voz baja. Los txikis sacaron la respuesta, pero mucho rato después. Y nada de chocar esos cinco, Santi solo chocaba con el codo.

¿Alguno sabe la respuesta por aquí? Tengo que decir que nos costó, pero lo sacamos.

Y volvió Santi con una segunda adivinanza. Un avión lleno de portugueses y españoles se estrella en la frontera entre Portugal y España. ¿Dónde entierran a los supervivientes?

Ah, fácil. Para esta no tuvimos que echar mano del vino.

El niño, que bien podría llamarse Adrián, se cansó -normal, sin vino para engrasar- y se lanzó. (A Santi) Ahora te hago yo una adivinanza. “¿Cuál es el animal con pies en la cabeza?

Santi huyó a la cocina. Ahora vuelvo, con más incógnitas que certezas. El del sofá gris y una servidora nos miramos con cara de palurdos. Un animal con pies en la cabeza. Nos hemos perdido, por lo menos, un par de clases de Biología, pensé. La Bego, que esa noche apareció por allí también, miraba en internet con ojos de loca. Otra cuyo fuerte no es la Biología.

Ya casi no recuerdo cómo se tomó Santi la respuesta, pero sé que el del sofá gris, la Bego y yo dimos un trago largo al vino blanco.

A ver si va a resultar que fue eso lo que nos dio la resaca.

Ahí lo dejo. ¿Cuál es el animal con pies en la cabeza?

Bego, no te chives.

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