Inicios

Es el paraíso.

Estoy agarrada a una taza de café caliente, con los pies apoyados en un cojín más calentito aún, envuelta en mi bata de abuela y mirando cómo, poco a poco, el sol ilumina el monte que hay delante de mi ventana. No se oye ningún ruido, solo la voz de mi profesor del máster, pero hace cosa de media hora que no consigo escucharle.

Sí, he dormido mal. Otra vez. No sé por qué. Yo creo que han sido los cambios de estas últimas semanas. Dejar dos trabajos, empezar en otro, decir un hasta luego, y un nuevo “hola, qué tal”. La pena de cerrar una puerta, el miedo a hacerlo mal, pero la ilusión de intentarlo. Un reto cada día, una cosa distinta, y los mismos nervios en la parte alta de la tripa.

La cantidad de café que mi cuerpo necesita ha disminuido. Será por eso de que ya no hago media jornada, o quizá porque vivo tan nerviosa que no me suelo acordar de tomarlo. Y entre vuelta de tuerca y vuelta de tuerca, mi profesor sigue rajando y no he conseguido avanzar ni un solo tema.

El máster en sí me encanta, lo que no me convencen tanto son los madrugones a las siete de la mañana para estudiarlo. Sí, lo sé, hay otras horas, pero es que por las noches no me da la cabeza. He dejado de ser un ave nocturna.

Vale, rectifico. Además de a mi profesor, se acaba de oír la risotada de la Bego por toda la casa. “¿Qué has dejado de ser ave nocturna? Que se lo pregunten a las noches de sábado”.

Capulla.

La Bego y yo nos llevamos bien. Hemos llegado a un acuerdo tácito. No le damos demasiadas vueltas a las cosas, y seguimos hacia adelante. Cuando a ella le da por salir corriendo, yo la sujeto. Cuando a mí se me desconecta la lengua del cerebro y voy a decir algo para pifiarla, me contiene. Vale, no, no siempre lo consigue, pero la intención es lo que cuenta. Hemos decidido que lo mejor es no pensar mucho porque se nos revuelven las ideas, y si solo las centrifugamos, no terminamos de lavarlas.

A esa decisión llegamos cuando nos dimos cuenta de que durante una semana, en plena vorágine de cambios, no nos hacía ilusión nada de lo que pasaba a nuestro alrededor. Una que yo me sé me explicó que quizá lo que tenía era simple y llanamente miedo, y que esos mareos igual eran un poquito de ansiedad. Luego comí patatas y bebí cerveza, y, en su conjunto, fue la mejor terapia.

Demasiados inicios en una misma semana.

Me voy a por otra taza de café y a desayunar otra vez, que serán las 9.10 de la mañana, pero en mi pobre cerebro ya casi es mediodía.

Nos seguimos leyendo.

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