Independizada (a medias)

Ya sabía yo que esto no iba a durar demasiado. Y aún así, me sorprende que haya tardado tanto en suceder.

La Bego amenazó con independizarse, cogió las maletas, se fue de casa y se limitó a mandarme mensajes con las direcciones donde tenía que mandarle los tuppers. Algo parecido a lo que le pasaba a mi madre conmigo.

Como dice uno que yo me sé para justificar que sigue comiendo en casa de sus padres a pesar de vivir en su propia casa: “Yo no estoy independizado, soy una autonomía y, por lo tanto, dependo del Estado”.

Pues la Bego igual.

Tía Bego, si te vas, te vas, pero no me dejes a medias.

Llevo casi dos meses intentando averiguar dónde estás y solo he recibido breves fragmentos de tus ‘centrifugados de ideas’. Pues vaya una manera de irse. Ahora, también os digo una cosa: por un oído le entra, y por el otro le sale. Creo que hasta en eso nos parecemos.

Todavía no sé qué es lo que le ha hecho volver. No sé en qué punto su cabeza ha dicho ‘basta’. Intuyo que ha sido el exceso de trabajo, el poco cuidado que ha dedicado a su ‘vida interior’ y la falta de valor para mandar a más de una persona al carajo.

No sé qué ha sido, pero la Bego ha cambiado. Sigue siendo ella, aunque un poco más cansada y, a la vez, un poco más resuelta.

Me ha dicho que ha conocido a alguien.

CALMA TODO EL MUNDO.

No es una posible pareja ni tiene nada que ver con el terreno amoroso. No os preocupéis que ya me he encargado de corroborar la información. Es una persona que le ha dejado hablar sin interrumpirle durante una hora y media. Minuto arriba, minuto abajo. Y no le ha dicho qué debe hacer con su vida. Aún. Cosa buena, creo.

No me ha dicho cómo se llama, creo que quiere guardárselo por tema de la ley de protección de datos, que sabe que yo luego lo cuento -casi- todo.

La cuestión es que después de ese monólogo, la Bego se quedó casi tan revuelta como cuando le acribillo con mis centrifugados de ideas. Me ha contado que lloró un montón y que perdió, por lo menos, dos kilos. Gramo arriba, gramo abajo. Casi, casi, como yo, que llevo toda la semana desayunando ‘garroticos’ de Beatriz. ¿Veis? En eso también nos parecemos.

No sé por qué ha vuelto ni sé qué le pasa, pero me alegro de tenerla en casa. Nos hemos puesto el pijama, nos hemos tomado un cafecito en mi taza nueva de GOT (algún día os hablaré de ella) y nos hemos comido un pincho de tortilla. Y oye, así la vida se ve de otra manera.

Día 1 después de la -no-independencia superado.

Bienvenida a casa, Bego.

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