La vieja guardia

Me la juego.

Se llaman Remedios, María Dolores, Araceli, Carmen y María Isabel. Las cinco tienen el pelo blanco. Bueno, en realidad no les distingo bien desde la ventana de la redacción. Juraría que las cinco tienen más cabello blanco que gris, aunque puede que Remedios y Carmen tengan más cabello gris que blanco. Tengo que graduarme las lentillas otra vez.

Han sido el descubrimiento del verano.

Ya sabemos que las tardes de agosto en una redacción son de todo menos divertidas. Hasta que te endosan un marrón, eso también es verdad. Pero en general, son muy aburridas.

Nuestras ventanas son curiosas. No entiendo las persianas y nunca sé cómo girar la ventana para que me llegue el aire sin abrasarme con el sol. Durante uno de nuestros experimentos giratorios descubrimos a un agradable grupo de señoras sentadas en el patio interior. Cinco sillas blancas iguales, de plástico. “Míralas qué majas, al fresco”. Y de repente, riiiiiiing.

Ay, marrón endosado.

Remedios, María Dolores, Araceli, Carmen y María Isabel pasaron a ser una anécdota.

Hasta hoy.

Entre marrón y marrón me dedico a mirarles. María Dolores y Araceli están muy activas doblando y colgando sábanas. Remedios, María Isabel y Carmen pasan de todo y están sentaditas mirando al infinito. Aparece en escena la cuidadora y todo se alborota. Se levantan, entran y salen de su hogar, se sientan, se levantan, y vuelta a empezar.

Ahora Carmen se ha quedado sola, apoyada en la tapia de su terraza de la planta baja, y yo me quedo mirándole a ella.

Poco dura la escena. Las cinco vuelven a sentarse. Veo a la cuidadora danzar en el interior de la casa. Me pregunto si habrán comido ya. Yo aún no, y me muero de hambre. Están sentaditas las cinco en fila, con la pared de la terraza a sus espaldas. Se miran entre ellas y acercan sus cabezas para oírse mejor. Me pregunto qué se estarán contando, me pregunto si son hermanas o primas o simplemente amigas. Me pregunto también qué vida habrán tenido y cómo pueden colgar así de bien las sábanas. Yo lo intento en casa pero no hay manera. Siempre cuelgan más de un lado que de otro.

Está claro: la experiencia es un grado.

Han escuchado algo. Creo que les llama la cuidadora. Entran las cinco. Seguro que se van a comer, me susurra mi detective interior. Qué aproveche, chicas.

Vigiladme el patio que enseguida vuelvo.

Hasta el próximo marrón.

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