Cactus mustio

Ayer la Bego tenía ganas de llorar. Pero solo ella. Yo la verdad que no. Y se enfadó otra vez conmigo porque no quería llorar. Jolín, no es que no quiera, que me vendría muy bien, es solo que con este calor se me secan los lagrimales.

La Bego parece mi ama, os lo juro. En el fondo me encanta que se preocupe por mí, me siento un poco más acompañada, pero joe, de verdad, que ha salido el sol, un poco de paz.

La petarda no para de repetir que es bueno llorar, sobre todo ahora que el cielo ya no llora. Yo le digo que le dé tiempo, que esto es Vitoria, darling, y que en cualquier momento puede caer la tromba del siglo.

Pero le da lo mismo. Parece obsesionada con que riegue las plantas. Que ya no me quedan flores, le digo, que se me han muerto todas. Se me ha muerto hasta el cactus de tanto regarlo.

El pobre no sobrevivió al ahogamiento y posterior intento de reanimación con el radiador.

Sí, vale, lo puse encima del radiador para que cogiese calorcito y resucitase. Al principio funcionó bien, recuperó su color; pero luego se me olvidó ahí y chico, se me ha puesto mustio, mustio. Qué le voy a hacer.

Que para mustia yo, me dice la Bego, que yo sí que me tengo olvidada en un rincón.

En estos momentos me acuerdo de Clemente, que siempre nos decía que nuestros fallos y defectos se nos quedan pegados como un velcro y que no podemos parar de recordarlos todo el rato, mientras que las cosas buenas, nuestras virtudes, dejamos que resbalen por nuestra piel.

Igual debería pedirle a la Bego que no sea tan dura conmigo, que ya hemos pasado esa fase, que por el cactus poco más podemos hacer, pero que a nosotras nos queda toda la vida por delante.

Mañana nos regamos, te lo prometo Bego. Hoy disfrutemos.