Por todas

“¡Feliz día de la mujer trabajadora!”, ha exclamado el locutor de la radio esta mañana. Casi que una se levanta de otra manera. O puede que no. El desayuno sabía igual, me he vuelto a equivocar de salida en la rotonda de todos los días, y mi yaya, con toda la dulzura y la mala leche que le provoca el alzheimer, me ha recibido con un cariñoso “hola” y un gruñido gutural por no comer con ella. “Yaya, ¡feliz día de la mujer trabajadora!”. “Bah”, me ha respondido después de mirarme con desdén. Se ha ido refunfuñando sobre lo mucho que ha trabajado toda su vida y lo poco agradecidos que hemos sido con ella. “Ahora las mujeres sois más listas que nosotras, antes teníamos que hacer lo que el marido quería. Ver, oír y callar. Claro, él era el que traía el dinero a casa”.

Le sigo hasta el salón. Se sienta pesadamente en el sofá. Le duelen las piernas, los años no perdonan. Sigue refunfuñando. Ella ha estado toda la vida en casa porque no tuvo otra opción. Me coge la mano y me dibuja el contorno de los dedos. Le relaja saber que estoy ahí. Casi sin querer miro hacia la pared, donde hay un cuadro grande: son mis abuelos con sus siete hijos, mi padre y mis tíos. Mi abuelo murió joven y mi yaya se quedó sola con todos ellos. “Yaya, pero tú has sido una mujer trabajadora como la que más. Has sacado siete hijos adelante”. No parece muy convencida. “La mujer trabajadora lo es, cobre o no un salario”, insisto, sin obtener resultado. Ya sé de dónde viene la cabezonería familiar.“Sí hija, pero tú por si acaso estudia y trabaja, no esperes que nadie te lleve el dinero a casa”.

Dice mi yaya que las mujeres de ahora somos mucho más listas: somos más independientes que la mayoría de su generación. Tiene 87 años, toda una vida a la espalda, y posee la autoridad que le concede la experiencia. Le hablo de la desigualdad salarial, de las pocas oportunidades laborales que tenemos ahora… Rebate todos los argumentos con un suspiro: “Ay, si nosotras hubiésemos tenido todo eso”.

Ella y el resto de mujeres comenzaron una lucha por la igualdad que todavía no ha terminado. La mayoría de ellas no tenía un sueldo como reconocimiento a su labor, pero han trabajado duro toda su vida. Nos corresponde a nuestra generación mantener su legado. Queda mucho camino por delante: la brecha salarial entre hombres y mujeres no ha desaparecido, todavía hay profesiones y puestos de trabajo a los que es muy difícil acceder siendo fémina. Pero no nos olvidemos de lo conseguido hasta ahora. Somos libres de elegir trabajar como amas de casa, somos libres de ganarnos la vida y ser independientes financieramente, y somos capaces de conciliar vida laboral y familiar. Somos trabajadoras por naturaleza. Que este día, nuestro día, sirva para agradecer a todas las mujeres que nos han precedido el esfuerzo realizado por mejorar nuestro futuro. Gracias, yaya. Por mí, por ti, por ellas, por todas. Feliz día de la mujer trabajadora.

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